24 Febrero 2011

Emprendedores: los errores capaces de convertir el sueño en pesadilla

Un emprendedor es, de alguna manera, un soñador.  Lamentablemente muchas veces ese sueño termina transformarse en una pesadilla producto de errores que podrían haberse evitado.

Según estadísticas oficiales, las chances de que un nuevo emprendimiento supere el umbral de los primeros cinco años en los EEUU es del 50%.   En España, ese porcentaje es del 50,79%. ¿Cuáles son las causas de tan alto índice de fracasos?

Si separamos aquellos casos de emprendimientos destinados al fracaso por fallas estructurales en sus propuestas de valor, o por su falta de capacidad para responder a cambios repentinos en el mercado, como podría ser el caso de la aparición de un nuevo competidor con mejor tecnología o costos, lo que nos queda son los casos de emprendimientos perfectamente viables que, por impericia o incapacidad de sus fundadores terminan fracasando, cuando todo hacía suponer que se trataba de una apuesta ganadora.

Por lo general se caracteriza a los emprendedores como individuos creativos, dotados de una gran capacidad de trabajo y poseedores de un fuego interior capaz de impulsarlos a hacer cosas.  Si a esto lo combinamos con la capacidad de descubrir oportunidades donde el resto de los mortales no ve nada, tendremos los ingredientes necesarios para el éxito. 

Sin embargo, con esto no alcanza. 

Una encuesta realizada por la compañía aseguradora Hiscox sobre una muestra de 500 dueños de empresas con menos de cien empleados, y de la cual se hace eco el Wall Street Journal en su edición del día 23 de Febrero de 2011, indica que un tercio de ellos señaló a los siguientes como sus principales errores durante la etapa de start up, y en este orden de importancia: 1) costos operativos superiores a los estimados, 2) contratación de gente equivocada, 3) insuficientes conocimientos de marketing y ventas y 4) no haber asegurado adecuado financiamiento con suficiente anticipación.

En otro artículo escrito por Rosalind Resnik y publicado en el mismo periódico el 2/9/10, la autora menciona los diez errores más comunes que cometen los emprendedores, de los cuáles se destacan: tratar de hacer todo solo, dedicar demasiado tiempo a desarrollo de producto y muy poco a las ventas, insuficiente distribución, errores de cálculo en la determinación del capital necesario (por exceso o por defecto) y ausencia de un plan de negocios (o, en el lado opuesto, excesiva atención al detalle en su elaboración, demorando innecesariamente el inicio de las operaciones)

Como puede verse, ninguno de estos errores tiene que ver con una falta de actitud emprendedora, tal y como se la entiende generalmente, sino con una notoria falta de capacidad para gestionar una empresa.

Esa falta de capacidad se pone de manifiesto cuando el emprendedor subestima la complejidad implícita en la administración de cualquier negocio, sin importar su tamaño.

Toda empresa debe ser vista como una combinación de elementos tangibles e intangibles que deben aprender a funcionar en equipo.  Es como una orquesta.  Y todos sabemos que las mejores orquestas son las que tienen a los mejores instrumentistas junto con el mejor director.  Ambos se necesitan y unos no pueden reemplazar a los otros sin poner en riesgo el resultado final.

Los hombres orquesta por lo general son simpáticos, pero suenan mal.

Conseguir financiamiento, saber cómo, cuándo y a quién contratar, entender los mecanismos por los cuáles sus productos o servicios pueden ser vendidos, y tener una mínima capacidad para proyectar costos, ingresos y flujos de fondos, son cuestiones que no pueden ser ignoradas a la  hora de pensar en un emprendimiento.

Un emprendimiento, cualquiera sea su naturaleza, debe ser tratado con profesionalidad.  Muchas veces impulsado sólo por el entusiasmo, un individuo, o un grupo de amigos, deciden entrar en un negocio que sólo conocen como consumidores, pero del que ignoran prácticamente todo, como es el típico caso de quiénes van de vacaciones y deciden mudarse y poner una hostería, o aquellos que entran en el negocio gastronómico porque les parece divertido y rentable, sin percatarse de que ese restaurant al que concurren asiduamente, y que está siempre lleno, está administrado por verdaderos profesionales con muchos años de experiencia en esa industria.

No podemos dar a esta gente improvisada el título de emprendedores, si es que al entusiasmo inicial no le suman capacidad de gestión, ya sea propia o contratada. 

El emprendedorismo requiere de otros ingredientes además de capacidad creadora y espíritu de aventura.  Y si bien no se puede pretender que todo soñador con ganas de emprender sea un experto en recursos humanos, finanzas, marketing y sistemas de información gerencial, sí esperamos que sea capaz de reconocer sus propias limitaciones a la hora de decidir quién o quiénes deberán acompañarlo.  

Como dijimos al principio, todo emprendedor es un soñador, y toda empresa comienza con un sueño.  De esa visión saldrán luego las primeras decisiones: buscar capital, identificar a los primeros colaboradores, planificar los primeros pasos y prepararse para el crecimiento posterior.  

 La clave para superar el desafío del tiempo está en saber cómo pasar del sueño a la acción.  En otras palabras, cómo pasar del hemisferio derecho al izquierdo para poner en marcha todo ese conjunto de decisiones y acciones necesarias para convertir ese sueño en una realidad perdurable.

Jorge Fantin, MSc

Comentarios

  • Ignacio Lago says:

    Si uno busca Emprendedor en Wikipedia dice que es “una persona que enfrenta, con resolución, acciones difíciles”; y agrega que “el término emprendedor deriva de la voz castellana emprender, que proviene del latín , coger o tomar”. Es interesante que derive de la palabra tomar, uno bien podría pensarlo como tomar los riesgos necesarios y así atreverse a afrontar semejantes acciones difíciles, y con esto me refiero a que no solo por lo que se menciona el artículo: 1 de cada 2 emprendimientos no superan los 5 años de vida (esto lo pongo en duda más adelante), si no que el “soñador”, tiene que pasar por el proceso de emprender que es mucho más difícil aun.
    Pongamos algunos números: de cada 100 ideas de negocios, 10 se convierten en oportunidades de negocio (esto quiere decir que se pueden en teoría llevar a la práctica, son lícitas, existe la tecnología en ese momento, seria genial la maquina teletrasportadora del seños Spock no?…pero falta mucho para eso), de cada 100 oportunidades de negocio, 10 son verdaderos negocios (esto quiere decir que los costos no superan a las ventas, y q es realizable económicamente y tentador para los inversores), de estos negocios el 50% no sobrevive a los 12 primeros meses y entre los restantes el 80-90% cierran dentro de los 4 años; muchos emprendedores fallan entre 2 y 3 veces antes de su primer éxito y de cada 10 éxitos, 7 cierran (respetando el proceso anteriormente citado), 2 “salen hechos” y 1 multiplica su inversión por 15.
    Recapitulando, yo no diría que un emprendedor no es un soñador, soñador es quien se levanta con una idea de negocios, pero quien es tan valiente para emprender debería ser considerado un héroe, por que no solo ayuda a la recuperación económica de un país y de una región y combate de manera efectiva el creciente desempleo, si no que es un loco que se arroja a la cueva del dragón sabiendo que estadísticamente tiene todas las de perder; en palabras de Richard Branson: Yo por cada 100 dólares que invertiría le daría 5 dólares a quien tuvo la idea y los restantes 95 a quien tuvo el coraje de ponerla en marcha.

  • Mara Parra says:

    Tuve la oportunidad de cursar la materia Entrepreneurship con el Profesor Sergio Postigo, quien nos compartió la información acerca del escaso porcentaje de emprendedores que logran cumplir sus objetivos de negocios con éxito. Lo que no habíamos analizado con mayor profundidad en dicho curso son las causas de ése alto nivel de fracaso. Me parece lógico que si los proyectos comienzan como sueños, estos no se concreten por incapacidad a la hora de gestionarlos. En lo que no coincido con Ignacio es en que para emprender hay que ser un héroe y que implica meterse en la boca del lobo o la cueva del dragón. En todo caso, la metáfora podría aplicarse para un país como la Argentina, en el que la incertidumbre político-económica no permiten realizar un correcto planeamiento a mediano plazo; y en donde empieza a tener sentido el cálculo incorrecto de costos (ocultos + impositivos + la inflación reinante). En cambio, en países que favorezcan la inversión y tengan políticas estables y reglas claras del juego, el emprender deja de requerir la “inmesurable valentía” que menciona Ignacio. En todo caso, emprender tiene un grado de riesgo implícito per se; y es justamente eso lo que atrae a quienes comienzan una idea de negocio. Para aversión al riesgo o cobardía ya existen los inversores. Dejemos que los emprendedores se enfrenten al riesgo que implica el desafío de su actividad; ya que si fuera más seguro hacerlo, los mismos no se interesarían por comenzar el negocio…

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